¿Qué le motiva para levantarse cada día e ir al trabajo?

POR TINO FERNÁNDEZ

El sueldo que gana, un posible ascenso, un empleo feliz en el que aprende cada día, los planes de carrera, su jefe o los compañeros… Algo habrá que le anime todas las mañanas a volver a la oficina…

No hay blanco o negro en cada jornada laboral. En la escala de grises del día a día un buen trabajo que le hace feliz hoy puede convertirse en frustrante, y viceversa. La alegría de un ascenso o la de un aumento de sueldo es efímera y no existe el jefe ni la empresa ideal, pero es posible que construya una realidad profesional más que aceptable si reinventa cada día su puesto y trata de darle valor.

Procure no idealizar las expectativas, ya que cualquier empleo tiene una cara amable y una cruz mucho más tediosa. Tampoco resulta sensato diseñar un puesto haciéndose una composición de lugar que difiera de la realidad, ni hacer una interpretación demasiado positiva cuando llegamos a un nuevo trabajo.

Así las cosas, ¿qué le lleva a levantarse cada mañana para ir al trabajo?

El sueldo es la gran motivación

El dinero no hace la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Y la satisfacción laboral sostenida por una retribución más que aceptable no dura para siempre. Si el sueldo es lo que le anima cada mañana, recuerde que el elemento económico, aunque sigue siendo uno de los principales en términos de motivación, pronto se interioriza o se olvida. El salario, más que una motivación, se considera ya un básico, y el impulso extra que proporciona un aumento de sueldo dura pocos meses. A partir de unos ingresos anuales de 67.000 euros no hay mayores consecuencias en términos de felicidad, según algunos expertos.

Un trabajo que le hace feliz

Lo que de verdad motiva son las nuevas oportunidades de trabajo y el hecho de poder participar en proyectos innovadores. Quizá su compañía le ofrezca esto. Dé gracias, porque esta es una buena forma de recompensar a los empleados y de conseguir que se sientan diferentes, otorgándoles nuevas responsabilidades y enriqueciendo su actividad habitual.

Lo mejor son las recompensas intrínsecas, que son las que nos damos a nosotros mismos, del tipo “siento que estoy aprendiendo”; “formo parte de un grupo exclusivo”; “soy útil en la organización, y me siento reconocido”.

En todo caso, sea prudente con los niveles de felicidad que muestra. Parecer muy satisfecho y alardear de ello en el trabajo puede ocasionarle problemas con sus compañeros o con su jefe, básicamente porque un exceso al manifestar satisfacción laboral se puede identificar con buenismo y, lo que es peor, con falsedad. Generar lo que se conoce como buen rollo está bien, pero el que se excede aparentando felicidad o alardea de lo bien que vive se convierte en un prototipo de tóxico de oficina.

Perseguir cada día el ascenso

Si su objetivo es promocionar, tendrá que dominar los tiempos, y estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Planificar esa estrategia puede tenerle ocupado, y tratar de tener ventaja sobre otros colegas o competidores que quizá aspiren al mismo puesto puede motivarle cada mañana.

Pero aquí las teorías tampoco le auguran una felicidad eterna: igual que ocurre en el caso de un aumento de sueldo, escalar posiciones no implica que su trabajo sea relevante y satisfactorio. Puede ser que se levante cada mañana, que trabaje y pase muchas horas fuera de casa, que consiga una promoción… Pero es posible que se dé cuenta al cabo de poco tiempo que eso no es lo que desea realmente. Y que no le motiva a largo plazo.

Ir para no trabajar… sin que se note

Tal vez lo que le haga feliz sea trabajar en una organización que tiende a valorar el hecho de que usted simplemente está en la oficina, aunque nunca mida su productividad ni sus resultados. Puede ser feliz en una compañía que valora ante todo la cultura del alto rendimiento aparente. Así, se levantará cada mañana para interpretar su papel de agobiado permanente, manteniendo una pose de falsa actividad desbordante… Y será aún más feliz si su empresa se lo permite e incluso se lo recompensa. Quienes logran esto suelen vivir a la sombra de un jefe que controla poco y mal.

Para despertarle de su sueño debe saber que mantener esta farsa profesional depende sobre todo de la organización en la que trabaja. Muchas empresas no le verán motivado, pero si cumple, le mantendrán. Aguantar depende de que su organización sea de tipo paternalista, y todo eso tiene un coste para la empresa, pero también para usted como profesional.

Tiene un jefe que impulsa su talento

Su jefe confía en usted y lo demuestra; le pone retos; le ayuda a desarrollarse profesionalmente; es un verdadero líder, preocupado no sólo de su desempeño, sino también de motivarle; influye pero no manda; es un generador de espacios emocionales en los que puede liberar su talento… Si esto es así, no es de extrañar que esté deseando que llegue un nuevo día para acudir a la oficina. Más cuando el común de los mortales no se va de su empresa, sino de su jefe, que suele ser un factor definitivo para el enganche.

Puede agrandar su marca personal

Si le gusta lo nuevo y la creatividad, y su empresa le permite experimentar, también tiene otro motivo para levantarse cada mañana. Se trata de un factor de motivación que implica novedad. Y esto también tiene que ver con la posibilidad de capitalizar la propia marca, incluso trabajando en una gran compañía. Pero debe tener cuidado con pensar que por ser un crack en las redes sociales tiene asegurado un puesto de trabajo. Puede que estar excesivamente presente en ellas no sea la mejor estrategia, porque no todos los que presumen de marca personal son expertos sólo por frecuentar Facebook, LinkedIn o Twitter. Ser muy visibles en el mundo 2.0 no le convierte automáticamente en buen profesional. Si centra su branding personal en la visibilidad, se equivoca. Simplemente será más conocido.

Autogestión del tiempo

Quizá el tiempo libre sea una moneda común en su empresa cuando se trata de recompensarle de manera diferente y efectiva.

Para que esto suceda, su organización debe crear un entorno laboral cada vez más flexible que huya del presentismo y de la idea de que hace falta estar en la oficina.

Debe tener en cuenta además que esto choca con la exigencia de una dedicación de 24 horas, que es también común en muchas organizaciones. Esas exigencias de tiempo y dedicación nunca vistas requieren de una gestión específica por parte de cada uno que no tienen mucho que ver con los presupuestos tradicionales de conciliación, habituales en muchas empresas. Frente al equilibrio entre ambas facetas, hay quien habla de la necesidad de integración, ya que la disponibilidad de 24 horas y la injerencia de las compañías en la esfera privada van en aumento.

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