El mejor profesor del mundo: “Antes que una ingeniería, hay que aprender sobre empatía”

OLGA R. SANMARTÍN

 

A finales de los 90, el ghanés Patrick Awuah llevaba ya ocho años trabajando en Microsoft. Fue uno de los ingenieros que desarrolló el software del Windows NT y se había hecho millonario. Tenía la familia perfecta, la casa perfecta y un futuro prometedor. Pero decidió dejar su cómoda existencia en Seattle (EEUU) y regresar a África.

«Recuerdo el momento exacto en el que le dije a mi jefe que lo dejaba todo y volvía a Ghana. Él me preguntó que qué podía ofrecerme para que me quedara y yo le respondí que mi sueño era montar una universidad en mi país natal. Entonces se encogió de hombros. ‘No podemos competir con tu sueño’, me dijo. Ahí pensé que no había vuelta atrás», cuenta Awuah en conversación con Papel, reconociendo lo mucho que le costó cambiar de vida.

Awuah recibió ayer el Premio WISE 2017 a la Educación, un galardón que reconoce la mejor práctica docente del mundo y que está dotado con medio millón de dólares. El chico que dejó Ghana en 1985 con apenas 50 dólares en el bolsillo y una beca completa para estudiar en Pensilvania recogió el reconocimiento en Qatar (Doha), durante la Cumbre Mundial de Educación, ante más de 2.000 asistentes de un centenar de países.

Awuah relata que, desde su posición privilegiada en EEUU, contemplaba con impotencia cómo el continente africano se hundía en un círculo vicioso de malas decisiones políticas, pobreza, conflictos y corrupción. Sólo el 5% de los jóvenes cursa estudios universitarios en Ghana y, aunque hay suficientes instituciones terciarias, la forma de enseñar a los estudiantes es demasiado memorística y rutinaria. Los profesores leen las mismas lecciones año tras año y los estudiantes se limitan a escribir lo que les cuentan sin plantearse si es cierto o no.

Por eso, cuando montó en 2002 la Universidad de Ashesi (que significa ‘comenzar’ en akánico, una de las lenguas de Ghana), quiso que, por encima de todo, los alumnos «aprendieran a pensar por sí mismos» y se instruyeran en lo que él denomina «un liderazgo ético». El campus ofrece licenciaturas de cuatro años en Administración de Empresas e Informática y Sistemas de Gestión, pero con un proyecto educativo centrado en las Humanidades donde se fomenta el pensamiento crítico y se aprende a separar la información relevante de la irrelevante, a cuestionar lo establecido y a respetar las opiniones contrarias.

Un código de honor

«Necesitamos líderes filósofos. Las Humanidades son la clave para formar a los líderes del futuro. Nuestros estudiantes deben ser capaces de plantearse grandes preguntas sobre cómo construir una sociedad mejor y reflexionar sobre la empatía o los derechos humanos antes de convertirse en ingenieros o altos ejecutivos. La ética está presente en todo el currículo», explica. Todos los estudiantes de la Universidad de Ashesi participan durante cuatro años en un seminario de liderazgo sobre ética, colaboración y espíritu empresarial que finaliza con una sección de aprendizaje y servicios. En 2008, los propios alumnos establecieron un código de honor en el que se responsabilizan de su comportamiento ético, el primero de este tipo en las universidades africanas.

«Otro elemento diferenciador es que el examen final representa sólo un pequeño porcentaje de la nota, algo que no ocurre en otras universidades de Ghana. Le damos mucha más importancia a la evaluación continua y a los proyectos que preparan los alumnos», añade Awuah.

La Universidad de Ashesi no compite en los ránkings internacionales porque sólo dedica a la investigación un 25% de sus recursos, pero se ha ganado una pequeña fama en el país, sobre todo entre las empresas: «Los empleadores de nuestros graduados nos ponen una nota muy alta. Hemos visto que los chicos llegan al trabajo con nuevas ideas, se esfuerzan, se cuestionan lo establecido y son capaces de lidiar con problemas que no habían visto antes. Estoy muy orgulloso de ver que funciona la educación que le hemos dado. En cierto modo, son principios que aprendí en Microsoft: pasárselo bien trabajando duro».

Y pone de ejemplo el caso de un estudiante del último año que tenía una idea para montar una start up y, como el negocio tenía pinta de ser viable, la universidad le ayudó a llevarlo a la práctica. «La empresa tiene ahora 50 empleados y su ‘software’ es usado por millones de personas. Les va muy bien. Pero lo que encuentro realmente relevante es que, cuando llevaban sólo dos años funcionando, decidieron abrir una fundación e invertir en ella parte de los beneficios para ayudar a otras personas de Ghana. Me gusta que gente tan joven demuestre este compromiso».

Quería ser astronauta

Este hombre de 57 años y dos hijos que tiene a su madre viviendo en casa, se levanta a las 5.30 de la mañana y va a misa los domingos se reconoce aún en el chico deLaterbiokoshie, un barrio periférico de Accra, la capital de Ghana, que soñaba con ser astronauta y se pasaba los días leyendo sobre la carrera espacial en EEUU.

Con el mismo tesón que mostró entonces, pidió ayuda a inversores privados y destinó todos sus ahorros y los de su mujer hasta reunir un capital de 2,5 millones de dólares. Comenzaron dando clases a 30 estudiantes en una casa alquilada reconvertida en aula y hoy la universidad tiene 600 alumnos repartidos por un campus de 100 hectáreas en Berkuso, con vistas a Accra, que se parece más a un resort turístico que a una universidad.

La matrícula anual cuesta 9.000 dólares, una cantidad que no es fácil conseguir en Ghana. El 50% de los estudiantes está becados (el 20% con ayudas totales y el 30%, parciales) y Awuah dice que, con los 500.000 dólares del premio, lo primero que harán será incrementar las becas. También quieren poner una nueva carrera relacionada con la gestión de los sistemas sanitarios.

El balance que hace Awuah es positivo. Entre otras cosas, han conseguido -y esto es muy importante- que sus estudiantes no se marchen a otros países cuando se gradúan. El 90% se quedan en Ghana y buena parte de ellos pone nuevos negocios relacionados con las tecnologías de la información. Además, han logrado que el 50% de los estudiantes sean mujeres, que están representadas también en el 40% del personal docente. La cosa cambia al hablar de los cargos directivos: el 75% de los catedráticos son hombres. Es prácticamente el mismo porcentaje que en la universidad española.

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