Cuestiones morales de un detective

POR IGNACIO GARCÍA DE LEÁNIZ

Esta nueva versión de la clásica obra del ‘Poirot’ de Agatha Christie ambientada en el legendario ‘Orient Express’, ofrece una serie de reflexiones sobre la toma de decisiones y la justicia asociadas al ejercicio profesional.

Una película de Kenneth Branagh es casi siempre sinónimo de buen cine y en este remake de la obra de Agatha Christie, a través de la figura de Hércules Poirot -Kenneth Branagh- de sus dudas e incertidumbres, el director británico nos desliza unas consideraciones muy pertinentes sobre en qué puede consistir lo moralmente debido cuando tenemos que tomar una decisión profesional de gran calibre moral.

Para los aficionados a la lectura de los casos de Poirot es la primera vez que vemos dudar al detective belga habitualmente seguro de sí mismo y resuelto. La situación a la que se enfrenta no es para menos, especialmente desde el punto de vista ético.

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS

Director: Kenneth Branagh. Nacionalidad: EEUU, 2017. Género: Intriga

Primera enseñanza de la película: interrogarse sobre qué debo hacer en un momento dado, implica ya poner en marcha nuestra inteligencia ética. Con todas sus consecuencias. Y es que el caso que se encuentra en ese tren atrapado entre montañas yugoslavas no es un asesinato al uso clásico: varias puñaladas a un turbio pasajero norteamericano -Johnny Depp- en su compartimiento mientras duerme, hacen que cada pasajero de ese vagón de coche-cama pueda ser sospechoso del crimen. La dificultad estriba en saber quién de ellos ha sido. Hasta aquí se sigue el esquema clásico de cualquier obra de Agatha Christie.

Pero a medida que Poirot se adentra en el caso, le asalta una duda que afecta de lleno a su trabajo de detective: ¿Debe aflorar la verdad de ese alevoso asesinato? En este caso, decir la verdad como detective es denunciar a las autoridades yugoslavas a quien considere culpable. Y que éste o ésta afronten las consecuencias penales de su acción. Esto que parece tan claro y que es la esencia del trabajo policial de Poirot, se ve envuelto ahora en una gran incertidumbre moral. Las preguntas que se hace nuestro protagonista cuestionan su misma tarea detectivesca: ¿Es bueno descubrir al culpable? ¿Debo o no notificarlo a la policía? ¿Cabe algún eximente para un crimen frío, premeditado y alevoso? Sus certezas deontológicas entran aquí en crisis, y el espectador se une a ellas. Se da además un matiz que Kenneth Branagh resalta con honradez intelectual: Poirot es creyente (católico, en este caso) y su religión le impide mentir.

Optar por el encubrimiento de la verdadera autoría del crimen implicará necesariamente mentir a las autoridades. ¿Puede el fin (bueno) justificar este medio (malo)? Kant diría que de ningún modo: no está permitido mentir en ningún caso, pues es atentar contra la exigencia universal de la ley moral. No caben componendas. Pero Poirot no es del todo kantiano, por muy rigorista que sea. Sin embargo, siente el peso que la ley y su imperativo moral ejercen sobre su conciencia. El drama está servido, ante los ojos de un espectador que se ve también interpelado por el dilema de nuestro protagonista.

Segunda enseñanza de la película: las esfera moral es muy seria y llena de matices. Cultivar nuestra inteligencia ética es ya, pues, un deber. El hombre bueno es además un hombre sabio, al menos en lo concerniente a la moralidad. Y Poirot es un hombre virtuoso y bueno.

Ignacio García de Leániz es profesor de RRHH en la Universidad de Alcalá de Henares

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